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DESEAR EL ZEN 30

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Lo realmente importante en nuestra vida lo premeditamos bastante poco. Eso provoca que el término conciencia  el día menos pensado deje de tranquilizarnos y se vuelva sospechoso. En efecto: no designa una instancia individual de decisiones soberanas fiables. Ni tiene envergadura suficiente como para erigirse en torre de control duradera del aeropuerto vital. Ni señala un camino balizado (ya le han dicho que camino, de haberlo, solo se hace al andar ). Ni resume un programa racional ex machina  (lo rechaza por voluntarista).  Entonces, ¿en qué quedamos? Como asegura la sutra Avatamsaka, es del todo cierto que  somos nuestra conciencia . Al mismo tiempo, lo que imaginamos (de modo algo irresponsable) ser atributo máximo de lo humano se comporta como invitado de piedra: llegado a la hora undécima, el plano consciente se limita a inventariar lo ya ocurrido. En buena medida, la corteza superficial de la conciencia (limitada, notarial, refleja...

DESEAR EL ZEN 29

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Para la biología, nada más inevitable que la muerte. Para el Zen, y eso lo distingue de otras propuestas, lo inevitable es (está en) lo vivo. Uno mismo es eso inevitable . ¿Qué hacer entonces con lo que llamamos vida y que no es otra cosa que yo ?  Si uno cultiva el Zen como es debido, acaba venciendo el temor al descontrol o al accidente, modos fulminantes en los que el abstracto y tedioso concepto de muerte adquiere la inmediatez de lo concreto (que es la cercanía de lo propio). Así se hace uno capaz de manejar situaciones en las que quedamos suspendidos en el vacío, agarrados a los vaivenes del juego de la existencia.  Solo que muchas veces no tenemos claro cuándo jugamos libremente al equilibrio y cuándo nos limitamos a temer que un descuido nos haga estrellarnos contra el suelo. Alberto SIlva

LA POLÍTICA ES FUEGO: ENCIENDE EL CORAZÓN Y A LA VEZ QUEMA

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Gente honesta y generosa que conozco se debate en un dilema: ¿ politización efervescente (si hace falta, obsecuente) o apoliticismo temperado (si hace falta, desdeñoso)? No pocos viven alternando ambos procedimientos. La pregunta es si no sería más productivo vivirlos entrelazados, enramados. Por lo general aman el mundo en que viven. Se entusiasman con él y aceptan que dicho mundo los reformatee como individuos: viven con intensidad lo colectivo, se sienten parte de un todo mayor en el que desearían fundirse. Pero a veces se adormecen en la ebriedad de una idiosincracia compartida (¡tan dulce es sumirse en el regazo acogedor  de lo nuestro !), al punto de fundar su actuación en rápidas explicaciones o en teorías que otros ya habían forjado y que como activistas o votantes adoptaron, conservando luego la opción inicial como gesto de fidelidad a raíces o principios . Es un esquema que se ve bastante en materia de afiliación partidaria o ideológica: lleva a desarrollar u...

DESEAR EL ZEN 28

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El Zen no es una máquina expendedora de respuestas. Se limita a suscitar cuestiones perentorias, puede que urticantes, ojalá valientes. El dispositivo que llamamos Zen solo adquiere visibilidad en el seno de la persona (solo  se produce , se realiza o se vuelve viable)  cuando un individuo reconoce la necesidad incoercible de enmarañarse con ellas.  Zen es cero fuera de una urgencia ardorosa frente a lo que, bien mirado, de todas formas resulta ineluctable: el ejercicio y la resolución de la existencia. Fuera de cualquier doctrina, ceremonia, tradición, investidura, escuela o linaje, la única cuestión que vale la pena en materia de Zen tal vez sea la siguiente: aceptar las preguntas que se nos vienen encima como aludes de primavera en la montaña, abordar los asuntos espinosos, esas agujas que nos atraviesan sin remedio, reconocer que el tema de la existencia es de tal gravedad que necesitamos solventarlo sin demora. Alberto SIlva

DESEAR EL ZEN 27

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El Zen podría interesar, es cierto, a nuestro tiempo. Ahora bien, ¿tendrá un zeitgeist tan retardado y servil como el de la época actual arrojo suficiente como para captar qué le conviene al mundo, sin hundirse en la insignificancia a la que parece dirigirse distraída y displicentemente, cuando no con irresponsable jolgorio?  No es insensato pensar que nos orientamos hacia la perdición, con desequilibrio uniformemente acelerado. Si todavía no entendimos de qué va nuestra situación, leamos por ejemplo a Paul Virilio. O revisemos la noción budista de mappô (degeneración). Y cuando el desasosiego consiga sacudirnos un poco, será momento de sentarse en zazen y aprender a flotar en el espacio-tiempo del presente, el cual como mínimo se anuncia abrumador e incierto.  Alberto SIlva